La historia del chupadedos
“¡Conrado!”, dice mamá:
“Salgo un rato, estate acá;
sé bueno, juicioso y pío,
hasta que vuelva, hijo mío,
y no te chupes el dedo
porque entonces —¡ay, qué miedo!—
vendrá a buscarte, pillastre,
con las tijeras el sastre
y te cortará —¡tris, tras!—
los pulgares, ya verás”.
Sale doña Berta y ¡zas!
¡Chupa que te chuparás…!
Se abre la puerta y de un salto,
entra en casa, al asalto,
el terrible sastre aquél
que venía en busca de él.
Con la afilada tijera
le corta los dedos —¡fuera!—
y deja al pobre Conrado,
llorando desconsolado.
Cuando vuelve doña Berta,
lo encuentra, triste, en la puerta.
¡Sin pulgarés se quedó,
el sastre se los cortó!
-Heinrich Hoffmann
“…Kumiko miró la botella vacía. Miró la etiqueta, miró la boca y luego rodeó el cuello de la botella con los dedos.
– Pronto me vendrá la regla. Por eso estoy de tan mal humor.
– Ya lo sé _dije-. Pero no tienes por qué preocuparte. No eres la única a quien le pasa eso. También los caballos mueren a cientos cuando hay luna llena.
Kumiko apartó la mano de la botella, abrió la boca y me miró.
– ¿Qué? ¿Por qué dices eso? ¿Cómo es que te ha dado de repente por hablar de los caballos?
– Lo leí hace poco en el periódico. Te lo quería contar pero se me olvidó. Lo explicaba un veterinario en una entrevista: el caballo, tanto física como psicológicamente, es de lo más sensible a la influencia de la luna. Conforme se va acercando la luna llena, se vuelve terriblemente irritable y también tiene problemas físicos. Las noches de luna llena, muchos enferman y aumentan de manera extraordinaria el número de caballos que muere. Nadie sabe a ciencia cierta por qué sucede, pero es una realidad estadística. Ese veterinario, especializado en caballos, decía que las noches de luna llena esta tan ocupado que apenas puede dormir.
– Caramba –dijo mi mujer.
– Peor aún es el eclipse solar. Los días que hay un eclipse solar, la situación de los caballos es todavía más trágica. No puedes imaginarte el número de caballos que puede llegar a morir un día de eclipse de sol. Lo que quería decirte es que en este mismo instante, en algún lugar de la tierra, hay caballos que mueren, uno tras otro. Comparado con esto, que tú te metas con alguien no tiene ninguna importancia. Intenta imaginarte los caballos muriendo. Imagínatelos una noche de luna llena, tumbados sobre la paja de sus establos, echando espumarajos blancos por la boca, jadeando agónicamente.
Ella pareció reflexionar unos instantes sobre los caballos muriendo en los establos.
– Realmente tienes un extraño poder de convicción –dijo con tono resignado-. No me queda más remedio que darte la razón
– Va, cámbiate de ropa y vámonos a comer una pizza –dije.”
Crónica del pájaro que da cuerda al mundo - Haruki Murakami